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Título del artículo
La lucha libre es un olimpo enmascarado
Nombre de la revista
Fecha de publicación
2002
Nombre del autor o autora
Página de inicio
60
Número de revista
32
Contenido temático
“En su Época de Oro, la lucha libre (el wrestling, el catch-as-can) es asunto sencillo y primordial: hay un número no muy amplio de atletas que van de arena en arena, de gimnasio en gimnasio, de enfrentamientos de dos a tres caídas sin límite de tiempo, a vivencias del encordado como el paraíso que expulsa y el infierno que retiene. La paga es mínima, el ritmo es desgastante y las llaves corporales -y me perdonan o me redimen la metáfora- abren la puerta de los aullidos. La Doble Nelson, La Tapatía, La Quebradora y los saltos espectaculares y los brazos alzados que apresan el triunfo y las muecas de los enmascarados (no por invisibles menos trepidantes) todo entonces representa los enfrentamientos del origen… En la época de Oro de la lucha libre el público elabora sus reglas admirativas y sus rituales del desorden… Lo que ven es deporte, intenso y purificador. Es teatro en el más respetuoso de los sentidos del término… “¡Queremos sangre!”, grita el pópolo y hay que comprenderlo… Y lo espectacular no es el domino técnico sobre el ring, sino la perfección cronometrada de los encontronazos… Tal vez el más profundo de los escenarios de la lucha libre se localice en la zona de los gritos, ese elevadísimo juego diabólico que describe el evento, apuntala al ídolo, desfoga al espectador, reinventa la Guerra Florida. “¡Queremos sangre!” ¡Rómpele su madre! ¡Friégatelo!... Y a los gritos -al ruiderío silente, por así decirlo- los complementan los gestos de dolor, las agonías brevísimas al final de cada caída, el rostro que se esfuerza por no desbaratarse y hacerse literalmente trizas… El caos de la lucha libre no se parece a ningún otro, es apasionado y sanamente obsceno, es disciplinado como un alud y se traduce en el aviso póstumo por excelencia: el “Ahí va el golpe”… Gracias a la máscara, la lucha libre nos recuerda lo obvio: los dones fisonómicos también son sujetos de concertación y, por lo mismo, las apariencias no sólo engañan, también dicen su verdad por otros medios.”

